Sing Street…
…o cómo conquistar el mundo con tres acordes
Sing Street…
…o cómo conquistar el mundo con tres acordes
Radiografía: desmenuzando la pantalla
Radiografía: desmenuzando la pantalla


Por: Brenda Ramírez Ríos
Es un gris y turbulento Dublín de los años 80. La supervivencia es una materia obligatoria. Conor, un adolescente atrapado entre la crisis económica de su hogar y la tiranía del colegio, decide que la única salida es la creatividad. Para impresionar a Raphina, una enigmática chica que sueña con las pasarelas de Londres, le ofrece un papel protagónico en su próximo video musical. ¿El problema? Bueno, para eso necesita formar una banda. Lo que comienza como una mentira piadosa, termina convirtiéndose en un proyecto de vida donde un grupo de “marginados” escolares descubre que la música es el único lenguaje que los adultos no pueden censurar.
Sing Street, dirigida por John Carney, es más que una película. Es el manifiesto de cualquier chico que alguna vez se sintió fuera de lugar. Es un análisis sobre cómo el arte puede transformar la realidad más dura en un escenario lleno de vítores y luz.

La pieza central de esta película es su banda sonora. Una mezcla magistral de composiciones originales y los himnos que cambiaron al mundo en la radio. La genialidad reside en cómo el grupo evoluciona musicalmente al ritmo de sus influencias, se convierte en una educación sentimental grabada en cinta magnética.
La influencia de “Rio” de Duran Duran es evidente cuando vemos a los chicos intentar grabar su primer video con poco presupuesto pero mucha voluntad. Un sueño que pintó de colores a la triste Dublín.
“Town called Malice” de The Jam aporta el mood rebelde, recordándonos que la música es el motor de la clase trabajadora; y cuando Conor descubre a The Cure con “In Between Days”, su estética cambia por completo. Aprende que está bien ser introspectivo y que hay poder en la imperfección.
Además de estas poderosas referencias, la banda adolescente nos lleva en un recorrido que va desde el Post-Punk hasta el pop con títulos propios. Temas como “The riddle of the model” capturan esa urgencia de los primeros sintetizadores, mientras que “Drive it like you stole it” se posiciona como el himno definitivo de la liberación adolescente.

A diferencia de los productos prefabricados de la época, estas canciones suenan a garage, a ensayo y error, y a la desesperada necesidad de decir algo propio.
La rebeldía en esta historia no se manifiesta a través de la violencia, sino a través de la identidad. En un entorno que castiga la diferencia, ponerse delineador de ojos o usar zapatos marrones cuando el uniforme exige negros es un acto revolucionario.
La película captura esa chispa de insubordinación juvenil que nace cuando te das cuenta de que las reglas del sistema están rotas. El protagonista, bajo la tutela de la “filosofía de sofá” de su hermano mayor, aprende que ser rebelde es tener el coraje de ser “tristemente feliz”. Es entender que, aunque el mundo sea un lugar complicado, tienes el poder de construir tu propia estética y tu propio destino.
Sing Street nos recuerda que la juventud es un barco que debe zarpar, incluso si las aguas son turbulentas. Es un recordatorio de que, si no encajas en el mundo que te rodea, siempre puedes crear uno nuevo.