Hamnet
Una tragedia y un cine naturalista
Hamnet
Una tragedia y un cine naturalista
Radiografía: desmenuzando la pantalla
Radiografía: desmenuzando la pantalla

Por: Brenda Ramírez Ríos
La historia oficial siempre ha guardado silencio sobre lo que sucedía tras las puertas cerradas de Stratford-upon-Avon. Se nos enseñó a admirar la pluma de Shakespeare como un instrumento divino, pero la dirección de Chloé Zhao nos devuelve a la tierra. Nos recuerda que, antes de la dinastía Estuardo, existió un niño de 11 años cuyo aliento se apagó entre las sombras de la peste.
La película nos sitúa en 1596, en un Stratford rural mientras un joven Shakespeare intenta conquistar los escenarios de Londres y su esposa, Agnes Hathaway, cría a sus hijos en una conexión profunda con la naturaleza. La paz se fragmenta cuando la peste bubónica toca a su puerta, cobrando la vida del pequeño Hamnet. La narrativa se despliega como un puente emocional entre el vacío que deja el niño y el nacimiento de “Hamlet”, la obra que, años después, intentaría dar voz a lo inexpresable, ese amor eterno, que para sobrevivir, tuvo que convertirse en teatro.

Lo magnífico de esta obra es su capacidad de hablar sin recurrir al estruendo. La narrativa se construye desde lo sensorial, centrando el peso del mundo en las manos de Agnes. Cuando ella aplasta las hierbas con sus manos para enseñarle sus secretos a sus hijos, la cámara se detiene en la fricción de la piel contra el tallo. No es una imagen: es un aroma que se desprende de la pantalla. Hay una conexión física, casi violenta, con la naturaleza. Una alquimia de barro y salvia que busca retener la vida que se escapa.

La película se narra a través del crujido de la madera, el roce de las telas y el silencio absoluto que deja la habitación vacía de un niño. La fotografía no busca la belleza del cuadro, si no la honestidad de un hecho y una época. Es un cine que permite al espectador percibir el olor a tierra, a ruda, a romero, como si hubiera estado ahí.
La historia está basada en la novela de Maggie O’Farrel, en ella se encuentran realidades históricas, sin duda, pero también tiene una licencia poética y algo de ficción. La historia es cruda, llena de misticismo y una profunda empatía con el duelo.


Zhao permite que la luz natural dicte el ánimo de cada escena, la cámara no se limita a observar; se vuelve un testigo silencioso que respira con los personajes.
El libreto apuesta por la economía del lenguaje. Se entiende que el dolor profundo carece de adjetivos. El guion permite que el diseño sonoro, repleto de silencios orgánicos, sea el que narre la soledad de Agnes.
La interpretación de Jessie Buckley trasciende la actuación para convertirse en encarnación. Su Agnes posee una fuerza telúrica que sostiene el peso de la casa mientras el William de Paul Mescal se desmorona en la distancia. Juntos logran que entendamos que la genialidad de Shakespeare no fue un acto de aislamiento, sino el resultado de un corazón que tuvo que romperse para poder escribir sobre el alma humana.
La película se convirtió en una historia de sacrificio, en una tragedia que sigue trascendiendo el tiempo, como las mismas obras de la pluma de William Shakespeare.
