La sonrisa de Mona Lisa
La sonrisa de Mona Lisa
Radiografía: desmenuzando la pantalla
Radiografía: desmenuzando la pantalla


En la primera de estas dos partes, analizamos la Academia Welton, con una estructura rígida que se suaviza conforme se entiende la libertad. En esta ocasión, analizaremos el Wellesley College de “La sonrisa de Mona Lisa” que presentamos como el opuesto complementario. Sigue percibiéndose como una prisión intelectual, pero de cristal, haciendo alusión a la “fragilidad” femenina.
La historia se desarrolla en 1953 y nos presenta a Katherine Watson, una profesora de historia del arte que llega al colegio exclusivo para mujeres con la intención de desafiar las mentes más brillantes del país. Sin embargo, se encuentra con una institución donde la excelencia académica es tan solo una fachada que oculta la verdadera prioridad, preparar a las jóvenes para ser esposas perfectas y guardianas del orden social. A través del análisis de pinturas provocativas, Katherine fomenta el criterio propio e impulsa un despertar intelectual y emocional en sus alumnas, incitándolas a cuestionar si el camino que se les impone es el único posible. En esta lucha contra las expectativas sociales de la posguerra, las estudiantes deben decidir si se conforman con la “sonrisa” que se espera de ellas o si se atreven a reclamar una autenticidad que defina sus vidas más allá del ámbito doméstico.

Tan solo en la sinopsis, podemos identificar las similitudes de la obra con “La sociedad de los poetas muertos”, pero encontramos también varios contrastes. “La sonrisa de Mona Lisa” utiliza un diseño de arte exquisito en colores pastel, arreglos florales y una iluminación suave, que busca emular la estética de las revistas de moda de la época, sin embargo, es una belleza que disfraza la opresión.
Cada encuadre está cargado de objetos que simbolizan el destino predeterminado de las alumnas, juegos de té, manuales de etiqueta y el constante recordatorio del matrimonio. Mientras que en los hombres, el control era a través de la disciplina militarizada, aquí es a través de la estética de la perfección. La cámara de Mike Newell captura a las jóvenes en composiciones que hacen pensar en cuadros, sugiriendo que para el sistema, ellas no son individuos, sino piezas de exhibición.

El conflicto narrativo estalla a través del color y el contraste artístico. La llegada de la profesora de arte, introduce colores más saturados, un tanto caóticos que choca con los tonos preestablecidos del campus.
Uno de los momentos cruciales de la producción, es la secuencia frente a la pintura de Jackson Pollock. A nivel de montaje y fotografía, esta escena rompe la limpieza visual de la película. El caos del expresionismo funciona como un espejo de la autenticidad que las alumnas temen explorar. Es el contraste entre “La Sonrisa de Mona Lisa” (una portada de calma y misterio), y la realidad interna, compleja, desordenada, de estas mujeres.
Así como en la primera parte analizamos la masculinidad asfixiada, aquí, la radiografía se centra en la represión femenina. El diseño de vestuario juega también un papel narrativo, los corsets, las faldas perfectamente planchadas y los peinados inamovibles se convierten en una armadura que limita el movimiento físico y, por extensión, el intelectual.

La película explora cómo la libertad de expresión para estas jóvenes no sólo es silenciada por la institución, sino por sus propias familias y compañeras educadas de la misma manera. El mensaje de Carpe Diem adquiere aquí un matiz distinto, no se trata sólo de aprovechar el tiempo, sino de reclamar la propiedad sobre el propio futuro. La tensión entre la excelencia académica y la expectativa social del matrimonio crea un paisaje emocional de angustia silenciada, donde el arte es la única herramienta capaz de cuestionar el status quo.
El diseño sonoro de esta entrega evoluciona desde la música de cámara y los sonidos de una etiqueta perfecta hacia un ambiente más orgánico. El uso de la música jazz y ritmos más libres simboliza el despertar de las alumnas. La voz de las protagonistas, inicialmente contenida, empieza a ganar matices de duda, ironía y, finalmente, de convicción propia.

El final es igualmente comparable, las alumnas, en este caso siguen el auto de su profesora en sus bicicletas. Es una ruptura del cuadro estático. Es movimiento, es aire libre, y sobre todo, es la aceptación de que la necesidad del arte para el ser humano radica en su capacidad de hacernos ver más allá de lo que se nos ha dicho que debemos ser.
Ambas películas concluyen que la verdadera libertad no es un destino, es el acto de elegir el camino propio, incluso si ese camino se aleja de la estabilidad y lo seguro.

