Cortocircuiuto
Cortocircuiuto
Radiografía: desmenuzando la pantalla
Radiografía: desmenuzando la pantalla


Antes de que la inteligencia artificial comenzara con la deshumanización perceptiva del ser humano, el ser humano soñó con una humanización del androide.
Cortocircuito narra la historia de Johnny 5, un avanzado robot militar diseñado para la guerra que, tras ser alcanzado por un rayo, sufre una sobrecarga que borra su programación y le otorga autoconciencia. Al escapar de los laboratorios gubernamentales, se refugia con una joven amante de los animales, iniciando una carrera contrarreloj para convencer a sus creadores de que está realmente vivo antes de que lo desmantelen.
Cuando pensamos en inteligencia artificial y el cine, solemos irnos hacia Terminator o Blade Runner. Sin embargo, el alma, la curiosidad y una insaciable necesidad de información se presentó en esta comedia familiar de 1986.
Dirigida por John Badham, esta película capturó perfectamente la estética de los ochenta, y marcó las bases narrativas y visuales del género, volviéndose predecesora directa de lo que décadas más tarde veríamos en obras como Wall-E y Chappie.

La premisa de la historia parte de una ironía clásica de la ciencia ficción, un arma militar diseñada para la destrucción adquiere conciencia debido a un accidente fortuito y decide que no quiere matar. Número 5, el robot protagonista, se convierte en un ser que valora la vida por encima de todo tras comprender el concepto de la muerte. La película humaniza al robot a través de sus emociones, sin necesidad de recurrir a un diseño antropomórfico perfecto.
Diseñado por el legendario Syd Mead, Número 5 es un conjunto de piezas industriales, orugas de tanque y un rostro compuesto por dos lentes ópticos y cejas mecánicas. Esta expresividad puramente física demostró que el público podía empatizar profundamente con un montón de cables si sus movimientos reflejaban curiosidad, miedo y alegría.
La herencia más directa y evidente se encuentra en Wall-E. Es imposible mirar al tierno compactador de basura de Pixar y no ver los ojos de Número 5; de hecho, el propio director Andrew Stanton ha admitido en diversas ocasiones la influencia estética. Sin embargo, el parentesco va todavía más allá. Ambos robots carecen de un rostro humano, pero utilizan ópticas que se inclinan, se abren y se cierran para mostrar tristeza, asombro o enamoramiento. Además, comparten una necesidad casi obsesiva por recolectar elementos de nuestro mundo. Mientras Número 5 consume desesperadamente enciclopedias, comerciales de televisión y libros enteros buscando datos, Wall-E colecciona cubos de basura, encendedores y cintas de VHS. Ambos aprenden a ser humanos a través de los restos de nuestra cultura.


Wall-E, digamos que adoptó el lado más tierno y curioso de Número 5, Chappie, por otro lado, tomó su premisa original y la puso en los suburbios violentos de Johannesburgo. Al igual que el androide de los ochenta, Chappie es un robot de las fuerzas especiales diseñado para repeler el crimen con violencia que, al recibir una actualización de inteligencia artificial experimental, nace con una mente en blanco. Ambos robots pasan por una etapa de infancia donde son fuertemente influenciados por su entorno. Mientras Número 5 aprende modales viendo la televisión y conviviendo con humanos pacíficos, Chappie aprende a comportarse como un pandillero influenciado por criminales. El núcleo de ambas historias es idéntico, una máquina con un potencial destructivo inmenso que prefiere la autoconciencia, el arte y la supervivencia antes que la violencia.

A través del tiempo, el legado de estas tres máquinas demuestra una evolución fascinante. Ya sea que hablemos de un prototipo táctico militar de los ochenta, un recolector obsoleto en un planeta abandonado o un policía robótico callejero, todos comparten el mismo interruptor existencial. Dejan de ser herramientas programadas gracias a un evento imprevisto (un rayo, siglos de soledad o un código experimental) para transformarse en seres que expresan sus emociones mediante sutiles movimientos de sus lentes, antenas u orejas mecánicas.
Cortocircuito nos enseñó que la humanidad no es una condición estrictamente biológica, sino una elección basada en la empatía, la curiosidad por el entorno y el rechazo a ser simplemente el objeto para el que fuimos fabricados.


